Tenía 20 años recién cumplidos. Mi amigo Raúl, a modo de regalo, se propuso llevarme a la Devesa del Saler a hacer cruising por primera vez en mi vida, algo que siempre había querido probar pero me daba vergüenza (y un poco de miedo, la verdad). El lugar era la pinada que se encontraba a la derecha del lago, justo antes de llegar a la zona de dunas que daba paso a la playa. Que Raúl fuese un habitual de la zona me tranquilizaba. Además, según él, como ese sitio no solía estar muy concurrido se había establecido allí una comunidad de parroquianos, “gente de confianza, nada de agresores sexuales ni cosas así”. Era un alivio saberlo, supongo. Me advirtió, eso sí, de que no interactuase mucho con un hombre corpulento y barbudo que siempre iba con una gorra roja. Según él era inofensivo, pero “estaba como una puta chota”. Las 19:00 era la mejor hora para acudir según él, y las 18:30 ya estábamos dejando el coche en el aparcamiento principal. Estaba nervioso, pero muy emocionado y con grandes expectativas.
Era una tarde tranquila. Los pinos y matorrales a la derecha y el lago a la izquierda flanqueaban el sendero que transitábamos en soledad. Yo, en parte por los nervios, bromeaba con los posibles panoramas que podríamos encontrar mientras Raúl me dejaba divagar y me seguía el juego, pero ni en los delirios más febriles habríamos imaginado lo que estábamos a punto de vivir aquella tarde. Conforme bordeábamos el lago en dirección a la playa, el olor a salitre que nos traía la brisa marina era cada vez mayor. Ya casi habíamos llegado y estábamos completamente solos, o eso pensábamos.
No muy lejos de nosotros, tres tipos encapuchados pintarrajeaban un cartel que instruía sobre el ambiente natural de la zona, información que fue sustituida por un conciso “maricones fuera”. Uno de ellos nos miró y alertó al resto de nuestra presencia. Supongo que dábamos el cante porque, inmediatamente, comenzaron a acercarse y a preguntarnos a voz en grito si habíamos ido “a darnos por culo”. Su ropa y complementos eran un surtido expositor de simbología neonazi. Raúl me pidió que nos marcháramos y yo no objeté nada al respecto, así que nos dimos la vuelta y apretamos la marcha, pero ellos no nos iban a dejar ir tan fácilmente. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos huyendo a toda leche de aquellos miserables.
Buscando desesperadamente darles esquinazo, Raúl me tiró de la mano y nos metimos por la pinada que, a su vez, estaba repleta de enormes arbustos, hierbas altas puntiagudas y matorrales espinosos. Era casi impenetrable, pero me dijo que él sabía por donde meterse para que no nos pudieran seguir. Algo pareció cambiar en el ambiente conforme avanzamos y me sentí profundamente desorientado. Había oscurecido al instante, pero seguía siendo de día. Los árboles y el resto de la vegetación daban la impresión de haber cambiado y, de alguna manera que no sabría explicar, ya no parecían normales; resultaban algo así como borrosos y distorsionados. Yo lo achaqué a una alucinación visual provocada por el exceso de estrés y ansiedad del momento, yo que sé, pero Raúl también estaba perdido y no reconocía el terreno. A los matones, eso sí, ya no se les veía ni escuchaba, cosa que nos calmó un poco.
Miramos en todas las direcciones y no sabíamos dónde cojones estábamos, aquella pinada extraña parecía extenderse más allá de lo que alcanzaba la vista. El crujido de unas ramas nos hizo descubrir dos cuerpos desnudos que retozaban sexualmente entre un árbol y un par de matorrales. Raúl y yo nos acercamos, advirtiéndoles de que quedándose ahí corrían peligro, que unos fachas venían persiguiéndonos y que parecían peligrosos. Se alzaron ágilmente, con sorpresa. Eran dos figuras andróginas, altas y esbeltas, de rasgos muy suaves y cuya presencia resultaba etérea y delicada, pero también vibrante y poderosa. Aquellas personas, no, aquellos seres no parecían de este mundo. Creo que uno de ellos estaba a punto de comunicarse con nosotros pero, con una gracilidad sorprendente, se perdieron de manera súbita entre la maleza.
Casi al instante, los tres neonazis irrumpieron en aquel lugar. Aunque parecían confusos, cuando repararon en nosotros recuperaron la actitud amenazante y uno sacó una navaja enorme. Empezaron a rodearnos dedicándonos toda clase de insultos homófobos mientras se acercaban poco a poco. Estábamos acojonados. De pronto, una niebla comenzó a reptar sinuosamente entre los árboles y arbustos hasta convertirse en una bruma densa que nos cercaba. Todo se resolvió muy deprisa. Los seres que habíamos visto anteriormente aparecieron a través de la espesura blanca junto a otros como ellos. Mientras unos se dirigían directamente hacia Raúl y hacia mí, otros iban a por nuestros perseguidores. A nosotros nos arroparon entre abrazos y caricias mientras nos íbamos quedando dormidos. El resto de aquellas entidades, sin embargo, se abalanzó con brutalidad e inesperada violencia contra los neonazis. Justo antes de perder la consciencia escuché los gritos más desgarradores que había oído en mi vida.
Un hombre grande con barba y una gorra roja nos despertó un rato después, estábamos tirados en el suelo a unos escasos metros del sendero. La pinada y el resto de plantas habían recuperado la normalidad. Aquel tipo nos dio agua y se ofreció amablemente a acompañarnos hasta el coche. Raúl y yo seguíamos impactados por lo que habíamos vivido allí. ¿fue real? La lógica dictaba que era imposible, pero ambos habíamos sido testigos de aquello. Nos despedimos del hombre en el aparcamiento, no antes de que nos preguntase: “también podéis verlos, ¿verdad?”
De los neonazis no se volvió a saber nada, pero mi amigo y yo tuvimos el mismo sueño aquella noche:
En el corazón de una extraña pinada infinita y neblinosa, tres cuerpos desnudos colgaban bocabajo de un gran árbol. Se enredaban y retorcían de manera grotesca y anatómicamente imposible entre las ramas espinosas de una zarzaparrilla que había medrado en aquel pino, las cuales entraban y salían a placer de los cuerpos mediante los orificios ya disponibles y a través de los que ellas mismas generaban. Muchos de los huesos, astillados, asomaban a la superficie rajando carne y piel. Las entrañas, fuera de sus cuerpos, se enmarañaban con la zarzaparrilla como si fueran serpientes. Permanecían con vida, no obstante. Incapaces de hablar por las miles de ramas que brotaban de sus bocas, sus rostros reflejaban una agonía inimaginable.
Varios seres se revolcaban entre sí desperdigados por la maleza, junto a los árboles y sobre la arena mientras adoptaban toda clase de posturas, algunas de las cuales muy superiores a los límites de la imaginación humana. Aquel que había tratado de comunicarse con nosotros la primera vez que los vimos acariciaba con ternura la cabeza de uno de los neonazis. Con una voz dulce y melodiosa nos dijo: “no os preocupéis, estamos a salvo. Vosotros ahora también lo estaréis, pues ellos permanecerán aquí eternamente”.
Unos días después, nuestros atacantes figuraban en la sección de sucesos de las noticias; habían desaparecido en extrañas circunstancias, solo encontraron sus ropas, hechas jirones, en la Devesa de El Saler. Raúl y yo hemos vuelto varias veces a aquel lugar a pasárnoslo bien, sin miedo, sabiendo que entre los árboles se esconden unos seres maravillosos que velan por nosotros.